Las heridas que nos genera Okada

Es numerosa la cantidad de detractores que puede provocar una escritora como Mari Okada, simplemente porque muchos, en general occidentales, no estamos de acuerdo con su idea de lo que es un “buen” drama. De por sí, los japoneses manejan un sentimentalismo en sus obras que pocas veces nos logra convencer, y eso se entiende por esa vasta diferencia cultural que existe aún entre nosotros. Ahora, pensemos que Okada toma este sentimentalismo “a flor de piel” y lo lleva a extremos más profundos, el resultado nos parece risible. Tampoco es que sea correcto satanizarla del todo, pero habitualmente, en varios de los proyectos en los que se ve envuelto su nombre, la experiencia termina siendo poco grata. Y no es que su presencia pueda ser ignorada fácilmente, pues es una de las guionistas más cotizadas en la industria del anime, incluso entre los directores más talentosos que conocemos. Afortunadamente, existen ocasiones en que el director tiene la habilidad necesaria como para balancear los defectos de su escritura con un estilo visual prodigioso. Asimismo sucede en la serie Kiznaiver, un anime de estudio Trigger, dirigido por Hiroshi Kobayashi y guionizado por Okada.

La historia sigue a Katsuhira Agata, un joven incapaz de sentir dolor alguno. En un día de clase, su compañera Noriko Sonozaki le avisa que ha sido seleccionado para ser un Kiznaver. Pronto, Katushira se ve envuelto en un especie de experimento científico donde él y otros 6 chicos estarán conectados por el “Sistema Kizna”, un sistema que permite compartir el dolor de las heridas con otros.

Esta serie resulta ser el trabajo con el cual Kobayashi debuta como director principal. A él se le conoce anteriormente por su participación en capítulos de Kill la Kill, Shingeki no Bahamut, Death Parade y Yozakura Quartet. Como pueden notar, la mayoría de estos animes pertenecen al género de acción, algo que concuerda bastante con el perfil de Trigger, pero en esta ocasión, yendo en contra del espíritu del estudio, Kobayashi decide hacer un drama “psicológico”. Aunque Kiznaiver estaba concebido inicialmente como un anime de batallas, el director creyó oportuno modificar su enfoque debido a los temas que se abordaban. Estos temas van desde la amistad, el dolor hasta la comunicación humana, por lo cual era prudente centrarse en el desarrollo de personajes. A pesar de ello, su experiencia en animes de acción se terminó reflejando en el resultado final, pues Kiznaiver rebosa de más dinamismo de lo que se suele encontrar en un drama convencional, algo que le ayuda a dar un toque fresco y distintivo.

Además, su dirección técnica es sumamente destacable, su storyboard contiene un montón de planos detalle que resaltan la mirada de los personajes, una mirada penetrante y que los llena de cierto aire enigmático y melancólico. La fotografía de Hitoshi Tamura, por su parte,  tiene un gran manejo de la iluminación, especialmente con las brillantes luces de neón, algo que hace destacar el escenario urbano y futurista donde se desarrolla la historia. También, la música de Yuuki Hayashi, que quizá no destaca por tener un ritmo demasiado electrónico o repleto de rap en esta ocasión, si ayuda a dar ese tono de misterioso, dramático y a la vez divertido, especialmente por sus melodías árabes. En general, un gran equipo el que supo manejar Kobayashi en este apartado, brindándonos como resultado un espectáculo ostentoso. Sin duda, un director de gran talento el que se acaba de descubrir aquí, una lástima que este trabajo tan bien realizado sea vea opacado ocasionalmente por la presencia de Okada. A pesar de todo, Kobayashi no logra camuflar los defectos de su guión totalmente.

La trama de Kiznaiver no resulta ser tan original como parece, ya que guarda mucha semejanza con el anime Kokoro Connect (2012). En ambos se trata con un grupo de jóvenes de personalidades chocantes, que no tienen mucha capacidad para congeniar con otros y que por el azar del destino están envueltos en un fenómeno muy particular. En Kokoro Connect este fenómeno tenía varias facetas, desde intercambiar de cuerpos entre los mismos integrantes hasta poder leer sus mentes. En Kiznaiver solo se limita a transmitir la sensación de dolor, tanto física como emocional, pero finalmente ambas terminan cumpliendo la misma función: enseñarle a estos jóvenes la importancia de ponerse en el zapato del otro, de empatizar con el dolor ajeno. Aún así, es gracias a ciertos detalles que Kiznaiver no termina siendo una copia barata de la obra anterior. Detalles como el mismo experimento en sí, que te plantea cuestionamientos más sugestivos como: ¿es realmente necesario sentir en carne propia el dolor del otro para poder entendernos?  ¿a caso el entendernos impedirá que nos sigamos lastimando?. Esto se hace evidente cuando se revela el fin del proyecto, el cual es lograr la paz mundial. Y la palabra paz generalmente está relacionada a la felicidad. Es por eso que resulta interesante ver como esta obra explora la capacidad de la interacción humana, si es realmente tan mala nuestra comunicación que necesitamos de un agente externo para poder construir una buena relación, o si los conflictos realmente afectan o fortalecen una amistad real.

Los personajes deben ser el motor principal para que una temática de este estilo funcione, y muchos sabemos que el talón de aquiles de Okada es precisamente este. Aquí todos son los típicos arquetipos que vemos en muchas de sus obras, de hecho parecen más una copia mejorada de lo que fueron los personajes de AnoHana: Nico es Menma, el eslabón que mantiene unido al grupo; Chidori es Anaru, la chica egoísta y celosa que mantiene su atención en el protagonista; Honoka es Chiriko, la más distante y reacia al grupo; Yuuta es Atsumu, el galante y pedante; Tenga es Poppo, el alegre y energético; y Katsuhira es Jinta, el de aire melancólico. Pero como bien mencioné, son una versión mejorada, cuyas personalidades no resultan tan insoportables y por tal terminan siendo entrañables. El problema que acá se presenta es que no todos llegan a tener el mismo tratamiento por igual. De los 8 protagonistas son tan solo 3 los que tienen una especie de desarrollo. Esos tres son Honoka, Katsuhira y Sonozaki, sus pasados son lo que cargan con todo el significado y el mensaje que la serie quiere transmitir. Lastimosamente, tan solo el de Honoka llega a ser trabajado de manera correcta, dándole espacio en dos capítulos para que mostrara lo sustancial, de cuáles fueron los traumas que la llevaron a tener esa personalidad tan hostil. Esto además funciona para unir al grupo por un mismo objetivo, el cual es poder formar un lazo de amistad. En cambio, el desarrollo de Katsuhira y Sonozaki se llega a tratar a lo último de la serie y con apuros, además de que sus personalidades tan apáticas y frías impidieron que los espectadores sintieran alguna clase de empatía por ellos. Todo esto es problemático teniendo en cuenta que ellos son el núcleo de la historia, los que dan punto final y que resuelven las incógnitas planteadas en párrafos anteriores.

En los personajes restantes es donde más se reflejan las falencias de Okada como escritora. Si bien hay que admitir que muchas veces pasamos por alto las ideas que intenta manejar la autora, como la del adolescente egocéntrico y antipático, que por culpa de su inmadurez no logra ver más allá de su situación. Okada muchas veces intenta abarcar este tema de manera realista, con adolescentes que no son nada agradables (porque pocos lo llegan a ser realmente) y que tienen actitudes reprochables. Esto ayuda a fortalecer las bases de la historia pues la adolescencia es la etapa perfecta para poder tratar los temas a plenitud, es donde más nos cuesta transmitir nuestras emociones y sentimientos a los demás, es donde definimos como formaremos y mantendremos nuestras relaciones a futuro. Pero luego, cuando viajamos al fondo de los problemas e intentamos profundizar en cada personaje, repentinamente aparecen los vicios más detestables de la autora, uno de ellos es su obsesión con los enredos amorosos. Es cierto que es su sello distintivo, pero cuando este tema acapara los demás termina convirtiendo su historia en algo risible. Se pudo haber profundizado en temas más trascendentales pero no, Okada decide explorar nuevamente uno de los conflictos más sosos que existe, y cuando es momento de que el drama explote acaba dando la sensación de que los personajes arman una tormenta en un vaso con agua (algo que literalmente sucede en el capítulo 9, por cierto). No es realmente incomodo ver como las personas se gritan sus más profundos pensamientos mientras derraman lágrimas, lo que es realmente incómodo es ver las razones por las cuales lo hacen, y es por eso que sus tragedias nunca llegan a ser mínimamente creíbles.

Fuera de su innumerable cantidad de desperfectos, Kiznaiver termina siendo una de las experiencias más placenteras que pude encontrar en esta horrible temporada de primavera. Kobayashi logra, en gran medida, hacer que todo sea soportable, así Okada haga de vez en cuando de las suyas. Sí, puede ser cierto que el tramo final no haya resultado de lo más satisfactorio, pero prefiero tener una obra con defectos y que deje un lindo recuerdo, a una perfecta que te deje una sensación de indiferencia.

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